jueves, 25 de julio de 2013

ÍTACA



 Cientos de kilómetros, a salto de mata, apaga esto, baja lo otro, cierra aquello, no se nos olvida nada, y así se inicia esta aventura homérica, tirada por ciento diez caballos alimentados por surtidores infinitos, el aire acondicionado y las canciones de los Cantajuegos. Lejos muy lejos han quedado el R8 con goteras, la música de cartucho, el humo saliendo del motor en cada cuesta, la recalentada ingeniería francesa del rombo, recuerdo una y otra vez el viejo amasijo de chatarra matrícula de Barcelona reptando como un Atlante atropellado por las circunstancias, las maletas agarradas al techo, como arañas sin tela a punto de salir volando, las paradas a almorzar, el madrugón para no coger las horas de calor, la imposibilidad mecánica de adelantar camiones que aparecían como gusanos gigantescos, los nervios, los enfados, los juramentos, en definitiva el maravilloso romanticismo de no tener tontón. El futuro será otra cosa, y vosotros seréis los primeros en ver volar coches, bueno, eso me decía mi abuelo hace más de veinticinco años, no sé, hoy giro la llave del contacto, un ronroneo familiar y otra vez el eterno retorno al asfalto, le guiño un ojo al cielo, estamos en la carretera.


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